Capítulo cuatro
Doña Rosa entró apresuradamente a su casa para atender el teléfono que sonaba, dejó botadas las bolsas del mandado, manzanas y tomates quedaron regados en el piso mientras la señora descolgaba la bocina del aparato.
-Bueno, ¿quien habla?
-Señora Rosa, soy yo, Lázaro.
-¡Lázaro!-Exclamó la señora alegremente-¿Cómo has estado hijito?
-Muy bien señora, mejor de lo que se imagina.
Del otro lado de la línea Lázaro se ponía en la boca el último cigarrillo de la cajetilla y lo prendía con un encendedor que tenia serigrafiado el logotipo de un partido político.
-Dime hijito en que te puedo servir, dímelo con toda confianza.
-Señora, de hecho mi llamada es para agradecerle todas las bondades que ha tenido conmigo, no se que hubiera sido de mi estos meses sin su ayuda.